Todo lo que podemos describir, percibir o definir aparece ante nosotros como objeto de experiencia. Un sonido, un pensamiento, una emoción, una sensación corporal o incluso la imagen que tenemos de “quién soy”. Todo ello puede ser observado.
Pero si algo puede ser observado, entonces necesariamente está a cierta distancia del que observa. Existe una separación mínima entre el sujeto que percibe y el objeto percibido.
Por ejemplo:
- Puedes observar tu cuerpo.
- Puedes notar tus emociones.
- Puedes darte cuenta de tus pensamientos.
- Incluso puedes percibir la sensación de “yo”, tu historia o tu personalidad.
Si puedes verlos, no pueden ser lo que eres esencialmente, porque lo que eres es aquello desde donde todo eso es visto.
El observador no puede ser observado
Aquí aparece la paradoja.
El que percibe no puede colocarse delante de sí mismo para mirarse, porque eso requeriría separarse de sí mismo. Pero separarte de lo que eres sería dejar de serlo, lo cual es imposible.
Es como el ojo intentando verse directamente sin un espejo, o como una linterna intentando iluminar su propia fuente de luz.
Por eso, lo que somos en esencia no puede convertirse en objeto de conocimiento, ni en una descripción, ni en una cualidad.
No es algo que podamos mirar.
Es aquello gracias a lo cual mirar es posible.
El error de buscar lo que ya somos
La mente tiende a buscar la verdad como si fuera algo que pudiera encontrarse, alcanzarse o experimentarse como un objeto más.
Pero la no-dualidad señala que eso es imposible.
Porque aquello que se busca no es algo nuevo que aparezca en la experiencia. Es la base misma de toda experiencia.
Por eso el descubrimiento de lo que somos no ocurre como un nuevo objeto que aparece, sino como la caída de una confusión.
Más revelación que descubrimiento
En este sentido, conocerse a uno mismo no es tanto encontrar algo, sino ver lo que no somos.
Al observar:
- pensamientos
- emociones
- identidades
- historias personales
- roles
- imágenes mentales de “mí”
se hace evidente que todo eso aparece y desaparece.
Y aquello que aparece y desaparece no puede ser lo que somos en esencia.
Cuando estas identificaciones se aflojan, no aparece algo nuevo; simplemente queda lo que siempre estuvo ahí.
No es una adquisición, sino una revelación.
Ser lo que ya se es
Por eso la realización en la no-dualidad tiene una naturaleza paradójica:
No se trata de llegar a ser algo distinto.
Se trata de reconocer que ya estamos siendo aquello que buscamos.
No se obtiene algo nuevo.
Más bien se deja de sostener lo que nunca fuimos.
Y en ese dejar caer las falsas identificaciones, queda algo imposible de definir pero absolutamente evidente: la presencia consciente en la que todo ocurre.
No puede verse como objeto.
Porque es lo que está viendo.
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